lunes, 29 de noviembre de 2010

Nostálgico pasado

Aquel era un día lluvioso, terriblemente inspirador, en los que, hasta las sensaciones más profundas se mostraban fáciles de interpretar. Se encontraba en mitad de un fascinante yacimiento arqueológico romano, recién desenterrado y con muchas cosas aún por desvelar. Los arqueólogos habían hecho su habitual descanso para almorzar, y él se había quedado observando el descubrimiento relativamente solo, salvo por los espectros de aquellas ruinas, que le rodeaban, y le hacían ver que toda esencia queda atrapada en la época y el lugar que le corresponde.
Por un momento, le pareció mezclar el sonido de las gotas de lluvia topando con la piedra de aquellas columnas desgastadas, con un extraño eco proveniente de aquella piedra. Parecía tratarse de una melodía alegre, como tocada por instrumentos de la época, unida a voces fantasmas no del todo claras, aunque pensó que podían pertenecer a los mismísimos habitantes de aquella aldea romana del siglo II a.C. Se sentía trasladado a una época completamente ajena a la suya, pues además de haber creído escuchar semejantes ecos, le pareció sentir un dulce aroma de incienso tradicional acariciando parte de su nariz. Entonces comprendió, que aunque no veamos el pasado, de una forma u otra, sigue presente en cada uno de los rincones en los que dejó de existir.



miércoles, 20 de octubre de 2010

Irrealidades


A veces, llegamos a pensar que la esencia de nuestros sentimientos alberga en cada uno de esos objetos que nos han llenado de satisfacción en algún momento emocionante de nuestra vida. Hablamos de un cierto magnetismo, una fuerza superior parecida a un sentimiento, que nos hace retroceder al momento de su llegada a nuestras vidas. El óxido de un anillo que mantiene presente el paso de los años, una muestra de perfume con olor añejo y un ligero recuerdo que nos hace sentir más viejos, o más jóvenes, según se mire. Hay personas que suelen tomar la vida como camino abierto al pasado; a veces visitan sus más queridas experiencias, y otras deciden simplemente observarlo a través de una mirada de indiferencia, al menos, es lo que dicen. Pero no termina de ser convincente, pues todos sabemos que las personas parten de su pasado para afrontar el futuro.




Sed y cerezas...

Era la madrugada de una noche de Agosto, no podía mantenerme en la cama por más tiempo, el calor y la desesperación me ahogaban de sed. Así que, me incorporé, tomé en mis manos el candelabro de mi mesita y salté de mi pequeña, pero esponjosa cama al suelo con mis pies descalzos. Comencé a andar sigilosamente por el pasillo de la casa para no despertar a nadie. Lo cierto es que el crujiente sonido de mis pasos en la madera vieja del suelo resultaba realmente estremecedor, incluso llegaba a erizar el vello de mis brazos. Ansiaba poder encontrar alguna parte de la cocina una insignificante gota de agua que mojara mis labios cuanto antes. Llego a ella y contemplo la encimera, donde la jarra de agua estaba completamente vacía, ¡ni una mísera gota! Al parecer, mis hermanas habían quedado totalmente sedientas tras una buena sesión de baile en el jardín de atrás. Me vuelvo con una cara horrible de insatisfacción, y de pronto, algo llama la atención de mi mirada, algo que brillaba en el poyo de la ventana, un pequeño frutero medio vacío, excepto por un par de manzanas picadas, donde la luz blanca de la luna dejaba mostrar el esplendor de dos cerezas recién lavadas por Anne, la sirvienta. ¡Aquellas dos bolitas rojas resultaron ser la calma de mi sinvivir por un momento! Sin pensarlo dos veces, me acerqué, y tras metérmelas en la boca casi por necesidad, comencé a saborearlas, qitándoles el rocío de su piel con los labios y dejando que su dulce líquido se desvaneciera lentamente entre mis molares. Por último, tomé el último trago de aquella agua tan original en forma de golosina, y me dirigí de nuevo a mi habitación, pensando en la paz que se respiraba a esas horas en la casa, y con una sonrisa en los labios tras haber satisfecho mi capricho...